Carta de Jean Vanier

Compartimos con ustedes la reciente carta de Jean Vanier a las comunidades.
Carta de Jean Vanier - Septiembre 2009
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Trosly, septiembre 2009
Queridos amigos,
Durante el mes de agosto, me sentí feliz, profundamente feliz en Orval. El silencio, los servicios religiosos de los monjes, las eucaristías, el bosque, mi habitación al fondo del pasillo, tantos elementos que me alegraban y me daban mucha paz. Me gusta estar ahí, tener el tiempo para orar, leer, escribir, descansar y caminar en el bosque. Me siento muy agradecido por El Arca, por Fe y luz, por la vida, por mi vida. Este monasterio es uno de esos islotes tan necesarios en nuestro mundo herido, en movimiento y en evolución, tan invadido por el individualismo, el éxito personal y los valores ensalzados por los medios de comunicación; este lugar hace recordar la paz, que Dios está, que el amor y la fraternidad son posibles.
Ese periodo de retrospección y oración en Orval fue marcado el 15 de agosto, día de la fiesta de María, madre de Jesús, por la noticia de que Jacqueline d’Halluin pronto moriría. Era una persona muy valiosa para mí y para El Arca. La conocí en 1950, cuando dejé la Marina canadiense y llegué a L’Eau Vive. Ella era la secretaria del Padre Thomas Philippe y ayudó mucho durante el tiempo de fundación de El Arca. Es más, el nombre de “El Arca” nos fue dado cuando estábamos los dos juntos, en los inicios del primer hogar y ella fue quien escribió la oración de El Arca. Era maravillosamente práctica, se ocupó de los arreglos de los hogares: una mujer de oración, creativa en todas nuestras celebraciones, plena de alegría y seriedad. Innumerables acontecimientos nos unieron, pero, sobre todo, el amor del Padre Thomas y tantos momentos vividos juntos, en el corazón de nuestros hogares.
Entonces, inmediatamente salí de Orval, conducido por Odile, para ir al encuentro de Jacqueline. Así fue, estaba a punto de morir, pequeñita, con una respiración inconstante. Desde hacía cuatro años, sufría del
mal de Parkinson. Pude pasar algunas horas con ella, sé que me reconoció. Ella sabía que yo había venido a decirle “A Dios”. No murió enseguida, siguió viviendo unos días más, en una gran debilidad humana; no sufría
gracias a fuertes dosis de morfina, pero creo que sufría por la espera de la venida de Jesús.
Regresé a Orval para estar cerca de ella a través de la oración, para que ese último paso fuera para ella la dulce presencia de Dios. Se fue para vivir en el corazón de Dios el 24 de agosto. ¡Qué alegría para el Padre Thomas acogerla en el cielo!
A raíz del tiempo vivido en Orval, me doy cuenta de cuánto amo a El Arca y a Fe y Luz; me doy cuenta de cómo Dios me ha llamado a vivir esas relaciones de profunda comunión, que surgen del corazón de Dios, y que vivo con las personas con discapacidad, así como con los asistentes, quienes son también parte de los pobres. Ahora estoy feliz de regresar a mi hogar Val Fleuri, feliz de vivir con personas débiles y vulnerables para juntos dar testimonio a nuestra sociedad de la importancia y del valor de los más débiles cuando los escuchamos, los respetamos y establecemos relaciones auténticas con ellos. Todo eso me hace pensar en la evolución de la misma Arca: una suave evolución. Al principio, yo quería vivir una comunidad que diera testimonio de Jesús, en la Iglesia Católica; yo quería vivir plenamente con las personas en dificultad, vivir juntos como signo del Evangelio y de la presencia de Jesús en los más débiles.
Poco a poco, El Arca descubrió que había sido llamada a dar testimonio no sólo de la bondad de los asistentes y de su fe sino del valor de las personas más débiles. Con el tiempo, muchas de ellas, con sus discapacidades, a veces profundas, alcanzaron una verdadera madurez humana y espiritual. Su espontaneidad, su libertad interior, su alegría en la relación y su alegría de vivir, su simplicidad que nace de las relaciones auténticas revelan una forma más de vivir en nuestra sociedad. Yo presiento que mucha gente en nuestra sociedad ya está cansada de la vida con estrés, la competitividad, la vida marcada por un fuerte individualismo y por la debilitación de los lazos de alianza en la familia y más allá de ésta. Buscan otra forma de ser en la que no haya tanto consumo y más relación; menos éxito personal y más estar juntos y vivir juntos; menos sistemas piramidales en los que algunos fuertes y competentes escalan hacia la cima y en lugar de ello, sino la creación de un cuerpo en el que todos, débiles y fuertes, encuentren su lugar y juntos celebren su humanidad común, dando testimonio de la existencia de un camino de paz.
El hecho de que El Arca acoja a hombres y mujeres que viene de distintas iglesias cristianas, de distintas religiones, de distintas culturas (asistentes y personas con discapacidad) y el hecho de que nuestras comunidades estén presentes en muchos países ha acentuado esta visión. Todo ello no es el fruto de una voluntad pensada o de una visión intelectual sino el fruto de la experiencia del sufrimiento humano en todo nivel. El Arca no sólo da testimonio de la fe católica sino, también, de la transformación de la debilidad y el sufrimiento en vida, por la gracia de Dios. No se trata de menguar la función de la fe, de la unión con Dios y del crecimiento espiritual, ¡por el contrario! para vivir en una comunidad en la que hay personas de distintas culturas, religiones, capacidades o incapacidades es necesario que cada quien profundice en su vida interior, en su propia fe y que esa vida de fe se sienta respaldada por la comunidad. El Arca es una escuela de amor en la que aprendemos a amar al otro que es distinto a mí; y eso requiere de que cada persona trabaje en si mismo. Se trata de aprender a ver al otro como una persona en la que vive Dios, una persona de la que podemos recibir dones y que puede crecer en el amor. Dicha evolución implica mucha humildad, muerte de los intereses propios y del crecimiento en el amor. Ahora estoy leyendo un libro fascinante escrito por Christian Salenson que abre mi corazón y mi mente. Un libro que presenta una visión sobre la actual evolución de la humanidad; un libro profético que brinda esperanza. Se trata de La teología de la esperanza de Christian de Chergé. Christian fue un
monje cisterciense (como los monjes del monasterio de Orval y como mi hermano Bénédicte en Quebec) de una pequeña abadía en Tibhirine, en el sur de Argelia; Christian de Chergé vivió una fuerte experiencia con un musulmán que, de hecho, salvó su vida durante la guerra en Argelia y que Con Raphael Simi, en 1989
por lo mismo fue asesinado. Como monje y junto con sus hermanos, compartía una vida de trabajo con musulmanes. También compartía momentos de oración con los miembros de una fraternidad Sufi. Él y sus hermanos monjes fueron capturados y asesinados por terroristas en 1996.
Su teología se basa en experiencias espirituales profundas, en símbolos y palabras de Juan Pablo II y la enseñanza del Vaticano II. Es una teología de una visión de Dios sediento de unidad entre
todos los seres humanos. Este libro y otros escritos por o sobre Christian de Chergé abren puertas nuevas sobre el encuentro profundo entre gente muy distinta entre sí, cuyas diferencias son respetadas y amadas, en una búsqueda de comunión en Dios. Las diferencias nos pueden enriquecer a todos, en lugar de dividirnos.
La vida de Christian me hizo presentir la necesidad de lo que yo llamo comunidades intermediarias en las que gente muy distinta entre sí, con corazones vulnerables y humildes, pueden reunirse como seres humanos, buscadores de Dios, de justicia y de paz.
La humildad, como base de esos encuentros, implica una especie de muerte personal y de la necesidad de mostrar la superioridad propia, de creerse una élite de certeza inquebrantable. Alguien, alguna vez, le preguntó a Martin Luther King si siempre existirían grupos que se sintieran élite y que oprimieran a otros grupos. “Sí”, respondió Martin Luther King, a menos de que todos tomemos consciencia del ser herido que hay en cada uno de nosotros, de nuestros miedos, de nuestras discapacidades profundas, de nuestras tinieblas. Entonces, la pregunta es: ¿Cómo vivir y acceder a esa humildad que nos permita ver lo Divino en el otro? ¿Cuál es la transformación que hay que vivir y cómo? ¿Acaso no es esa la pregunta esencial en El Arca?
Un asistente de El Arca (que llamaré Louis) dio su testimonio frente a un grupo de personas, hace algunos meses. El vivía en el hogar La
Forestière con personas con discapacidad
profunda. Le pedimos que se encargara, de
forma especial, de Françoise, a quien llamamos “abuelita” en el hogar. Ella tiene 76 años, tiene una discapacidad profunda, está postrada en cama, es ciega y no puede comunicarse a través de la palabra. Louis estaba desilusionado pues no se sentía atraído por Françoise. Fielmente, como se lo pedimos, daba de comer a abuelita pero era algo que vivía con cierta pesadez. Un día, ella puso su mano sobre la de Louis y le sonrió. Louis cuenta que fue un momento mágico, un momento de transformación, un momento de gracia. A partir de entonces, se acercaba a ella con alegría. Esa persona que con la que él tenía dificultad, se convirtió en una
bendición. ¿Acaso no es verdad que ahí encontramos el testimonio de El Arca y de Fe y Luz? Existe un
poder misterioso que surge de los corazones de personas débiles como Françoise, que nos llama a la relación, a la transformación del corazón que puede ser el origen de una nueva forma de vivir en nuestra sociedad.
De hecho, este tipo de comunidades intermediarias existen en todos lados. En Israel existen grupos de palestinos y de judíos que se reúnen para pasar tiempo juntos. En Rwanda y en Burundi hay Humus y Tutsis que se reúnen para pasar tiempo juntos y orar. En Irlanda del Norte hay protestantes y católicos que se reúnen para juntos compartir sobre la forma en la que sus iglesias los ayudan a vivir más cerca de Jesús. Todas esas pequeñas comunidades, así como El Arca, dan testimonio de la
Carta de Jean Vanier – septiembre 2009 4
unidad del género humano. Todos somos parte de la gran familia humana; acoger nuestras diferencias nos enriquece a todos.
Las comunidades intermediarias construidas sobre el deseo de amarnos los unos a los otros, a pesar de las diferencias, no son numerosas pero nos muestran un camino de paz. Son una luz de esperanza. Jesús, para mostrar quién es mi vecino (Lucas 10, 29), habla del amor entre un samaritano y un judío. Dos grupos hostiles el uno con el otro, dos grupos que se detestaban. Jesús revela que el otro, a pesar de su diferencia, es un hermano, una hermana en humanidad. Enseña a no esconderse detrás de las certezas y la seguridad de su grupo que condena a los otros, sino a abrirse al otro que es distinto.
Estoy bien de salud. Los monjes de Orval me dijeron que me encuentran ¡rejuvenecido!; no sé si sea cierto. No obstante, siento el peso de mis 81 años. Me gustaría dedicar lo que me queda de vida a anunciar este misterio de El Arca y de Fe y Luz a través de retiros en La Ferme y en otras partes. Amo anunciar el valor, la importancia de las personas débiles que son señal de la presencia de Dios; tal vez, mi propia debilidad me ayuda a entender mejor la Buena Nueva de Jesús, quien se fue haciendo débil y vulnerable. A través de su debilidad nos da vida y nos llama a amar más. Tenemos un gran tesoro y tengo un gran deseo de comunicarlo para que otros puedan conocerlo y vivirlo.
Les pido sus oraciones para que yo aprenda a envejecer poco a poco, con alegría.
Me siento en profunda comunión con todas las comunidades de Fe y Luz y de El Arca, así como con todos los amigos. Llevo en mi corazón y en mi oración todas sus preocupaciones y todas sus alegrías. Gracias por sus cartas, no logro responder a cada uno de manera individual, pero cada carta expresa la comunión que vivimos entre todos.
En comunión con cada uno, en la alegría de Dios,
Jean








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