Un taller de puertas abiertas

Nuestro taller fue creciendo así como quien ve crecer las semillas en la tierra, de a poco, con mucho cuidado y mucho amor en cada cosa que hacemos. Siempre describo nuestro taller como un lugar “a puertas abiertas”, con brazos generosos y corazón abierto para recibir y para albergar. Sin diferencias de edad, de condición social, de capacidades, de credo…
Por allí pasa quien siente la confianza, la curiosidad, la necesidad, la generosidad suficiente para compartir un extracto de nuestras vidas.
Cada uno viene con su saber, con su creatividad, con su consejo y sobretodo con una amplia sonrisa para regalarnos.
En el taller trabajamos con madera, con cerámica, con cuentas de madera, con pinturas, con jabón, con parafina… Y mientras trabajamos con ahínco y desde ya con buena música, vamos tejiendo el entramado social para enriquecernos con la presencia de nuestros vecinos que pasan simplemente a saludar o a ofrecer su tiempo de manera leal y generosa. Así se acercó a nosotros, entre muchos otros, nuestra tallerista de instrumentos musicales, nuestra profesora de gimnasia y nuestra profesora de lenguaje de señas. Los niños del barrio también vienen a compartir un rato con nosotros y nos regalan su ternura, su espontaneidad, su frescura; nos recuerdan a nuestros hermanos menores, a nuestros sobrinos, a nuestro niño interior. Con ellos cantamos, trabajamos y conocemos parte de su mundo, de su escuela que esta cerquita nuestro. Ellos aprenden a vivir integrados-integrando y no excluidos-excluyendo. Los jóvenes vecinos también

nos sorprenden…y así algunos adolescentes prefieren este espacio compartido al espacio de la calle, de la tele, al de no saber como ocupar el tiempo vacío. Tenemos el pizzero que nos guarda las latas grandes de tomates para convertirlos en tambores, la vecina que se acerca con hojas y piñas para artesanías navideñas, las que nos ofrecen parte de su labor culinaria…
Contamos con otros voluntarios que vienen de más lejos y así nos regalan por ejemplo su saber en productos patinados o nos regalan otras culturas, otros idiomas.
Por las mañanas realizamos tareas de producción y además de las artesanías somos armadores de una empresa y nuestra tarea es entregar listas y embolsadas artículos para lavaderos. Por la tarde las tareas son mas artísticas, tenemos teatro, clases de gimnasia, hacemos instrumentos musicales, pátinas y cada tanto cocinamos.
Una característica importante de nuestro taller es la población en sí misma ya que en este momento y por demanda espontánea dentro de la zona donde estamos insertos, tenemos personas acogidas con distintas discapacidades. La gran mayoría de nuestros acogidos tienen discapacidad intelectual pero también algunos padecen discapacidad sensorial y motora como discapacidad de base. Gracias a estas diferencias en cuanto a la capacidad y el don de cada persona es que trabajamos en equipo. Cada producto que se realiza es manufacturado por diferentes personas. Una cruz por ej. hecha con venecitas (mozaicos) es confeccionada por alguien que pudo marcar en la madera el dibujo, otra persona que la recortó con la sierrita, otro que la pudo lijar, otro que pegó las venecitas y así hasta terminar todo el proceso de armado de esa pieza; la labor de cada persona es indispensable en el proceso de producción.
Todos los días comenzamos el día con una lectura de Jean Vanier o de la Biblia, lecturas que podamos entender y que podamos aplicar en el día a día dentro de nuestra comunidad y que nos enriquezcan con una enseñanza desde lo más espiritual y humano. En este sentido, recuerdo un comentario muy valioso de algunos de nuestros acogidos: “El Arca me ayuda a formarme como persona”, “El taller era mi última oportunidad para poder estar mejor”, “Ahora tengo amigos”, “Mi don es poder hablar con Dios en secreto”…

Patricia Paludi
Responsable de taller
Taller San José
El Arca Argentina
taller@elarcaargentina.org



